JM

Siempre he tenido la extraña costumbre de mirar desde afuera.
Incluso cuando estoy dentro.
Observo lo que siento, lo cuestiono, intento descubrir de dónde viene y
cuando creo haberlo entendido, vuelvo a preguntarme si realmente era
eso.
Quizás por eso algunas cosas nunca las viví del todo.
Las pensé demasiado.
Es extraño querer estudiar un corazón cuando el corazón que estudias
también es quien sostiene la lupa.
Y quizás ese sea mi mayor problema:
Llevo tanto tiempo intentando entenderme.
Que ya no sé si estoy viviendo.
O simplemente.
Mirándome vivir.

El Narrador

Una vida entre la memoria, la pérdida y las palabras

Juan Camilo Osorio Marin, conocido como Juan Marín, nació el 7 de abril de 2002 en Caracolí, Antioquia, Colombia. Allí transcurrieron sus primeros años, en un pueblo que, con el tiempo, aprendería a mirar con desencanto.

Su infancia transcurrió en una familia de recursos limitados, rodeado de su madre, sus hermanos y sus abuelas, quienes formaron parte de su entorno durante aquellos primeros años. En medio de las dificultades, su madre hizo todo lo posible por sacar adelante a sus hijos, trabajando en lo que encontraba y afrontando circunstancias que no siempre fueron fáciles.

Su hogar era una casa pequeña y acogedora, cuya forma le recordaba a una rodaja de pizza. Cuando llovía, el agua se filtraba por las paredes.

En la sala había una mesa grande de madera y un televisor que, al no tener antena propia, recibía señal gracias a la conexión con la antena de una vecina. También había un ventilador que hacía más ruido del aire que movía. Aun así, se paraban frente a él para hacer sonidos y jugar.

Son recuerdos sencillos, objetos cotidianos que permanecen en su memoria con una precisión particular. Cuando recuerda aquella casa, no necesita reconstruir demasiado el pasado: todavía puede ubicar sus cosas y recorrer mentalmente los espacios que alguna vez formaron parte de su vida.

De sí mismo conserva la imagen de un niño tímido, al que le costaba expresar lo que quería decir y que no siempre encontraba fácil relacionarse con los demás. La escuela tampoco despertaba demasiado su interés. Mientras transcurrían las clases, su mente se dispersaba entre pensamientos, ideas y divagaciones de toda clase.

En aquel entonces, según recuerda, no tenía grandes preocupaciones. Su mundo estaba compuesto por las cosas que veía, las que imaginaba y aquellas que todavía no sabía cómo comprender.

Con el tiempo, su relación con el lugar donde creció fue cambiando. Describe Caracolí como un pueblo carente de futuro, con calles maltratadas por años de descuido. También cuestiona ciertas actitudes que ha observado en las personas de su entorno, especialmente cuando el beneficio propio termina pasando por encima de los demás. De esa mirada nace su imagen de los camaleones: una forma de referirse a quienes parecen cambiar según les conviene.

La muerte de su abuela marcó uno de los cambios importantes de su vida. Tras su fallecimiento, la familia tuvo que abandonar Caracolí y trasladarse a Medellín, donde su madre pudiera trabajar. Juan tenía alrededor de once o doce años cuando llegó a la Comuna 13 junto a su madre y dos de sus hermanos.

El cambio le resultó extraño. Dejó atrás el entorno que conocía y comenzó a vivir en una ciudad que le mostró realidades distintas a las que había conocido hasta entonces. En sus recuerdos de aquella época aparecen las dificultades de la calle, las situaciones de vulnerabilidad y las experiencias que terminaron influyendo en su manera de mirar el mundo.

Fue también durante esos años cuando comenzó a cambiar su forma de relacionarse con los demás. Poco a poco aprendió a desenvolverse socialmente y a encontrar maneras de encajar en su entorno. Si antes le costaba expresarse, con el tiempo fue desarrollando una mayor facilidad para acercarse a las personas y establecer vínculos.

Al mirar hacia atrás, reconoce que hubo momentos en los que aprendió a hacerse el ciego. Una expresión que, en sus propias palabras, describe mejor su actitud ante ciertas cosas que ocurrían a su alrededor. Algunas experiencias de aquella etapa permanecen en su memoria, aunque ha preferido reservarse los detalles.

También ha conocido la pérdida y ha tenido que convivir con recuerdos que no siempre resulta sencillo poner en palabras. Entre ellos están Juan Diego y Luz María, dos personas que formaron parte de su camino y cuya ausencia conserva un lugar en su memoria. Hay despedidas que no siempre ocurren como uno quisiera y palabras que, por distintas circunstancias, terminan quedándose pendientes.

No todo lo vivido necesita ser contado para reconocer que dejó una huella. Algunas experiencias permanecen en silencio, no porque carezcan de importancia, sino porque también existe una parte de la historia que cada persona tiene derecho a conservar para sí misma.

Al intentar describir al niño que fue, Juan utiliza una palabra particular: «ciego». Sin embargo, aclara que se refiere exactamente a lo contrario: se hacía el ciego. Una expresión que deja entrever la complejidad de su relación con ciertas experiencias, sin necesidad de explicar cada una de ellas.

Cuando imagina qué le diría a ese niño, escribe una reflexión sobre la felicidad:

«Que existe algo llamado felicidad que parece ser imposible de alcanzar, y aun así todos corremos con ansias de poderla atrapar en las manos».

No presenta esa idea como una respuesta definitiva a la vida. Es, más bien, una manera de expresar algunas de las preguntas que todavía lo acompañan y que, de una u otra forma, también encuentran lugar en sus escritos.

Su historia no se limita a lo que ha vivido hasta ahora. Quedan recuerdos por explorar, etapas por comprender y experiencias que quizá algún día encuentren su lugar entre las palabras. También queda por recorrer la historia de cómo la escritura pasó de ser una forma de expresión personal a convertirse en una parte importante de su vida.

Cuando se le pregunta cómo describiría su presente, responde con una frase breve:

«Aún sigo intentando vivir».

Quizá sea ahí donde esta primera aproximación a Juan Marín encuentra su sentido: no en una conclusión sobre quién es, ni en un intento de explicar cada parte de su historia, sino en el reconocimiento de alguien que continúa buscando respuestas, observando el mundo y convirtiendo algunos de sus pensamientos en palabras.

Porque, a veces, escribir no consiste en entenderlo todo. A veces basta con encontrar una manera de darle forma a aquello que todavía no se comprende.

Daniel Mejía

EL ESPECTADOR

A Media Tinta – JM

Un proyecto literario independiente creado por Juan Camilo Osorio Marín.

«Tratando de tocar con palabras, aquello que aún no tiene nombre»

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