Prólogo
No sé cuándo llegó.
Quizá siempre estuvo ahí. Quizá fui yo quien tardó demasiado en darse cuenta.
Al principio no me molestaba. Incluso me gustaba su compañía. Era la única que se quedaba cuando
todos los demás encontraban una excusa para irse.
Después aprendí a odiarla.
No porque fuera cruel, sino porque casi siempre tenía razón.
Me decía que no esperara demasiado, que las personas se cansan, que los sueños terminan pesando
más que las decepciones. Yo la llamaba desgraciada y seguía haciendo exactamente lo que me decía
que no hiciera.
A veces se iba.
Yo era feliz.
O eso creía.
Porque cuando volvía, me daba cuenta de que no la había olvidado; simplemente había encontrado algo
con qué distraerme de ella.
Pasé tanto tiempo deseando que se marchara y, cuando finalmente lo hizo, fui yo quien terminó
extrañándola.
No sé si la odio porque me hace daño o si me hace daño porque la odio.
Tampoco sé si alguna vez me quiso.
Aunque, pensándolo bien, quizá pedirle amor a Soledad sea otra forma de estar solo.
Ella nunca prometió quedarse.
Nunca tuvo que hacerlo.
Siempre supo que volvería.
Y yo también.
Quizá por eso todavía le guardo un lugar.
No porque la quiera.
O tal vez sí.
Ya no sé.
Solo sé que, cuando todos se van, ella sigue ahí.
Y después de tanto tiempo, empieza a ser difícil distinguir si ella es mi compañía…
O si yo soy la suya.
Soledad
Soledad, vieja amiga, compañera fiel, que llega justo cuando todos se van.
Cuando el silencio se precipita a ser eterno aparece ella, con su capacidad de oírte sin juzgar, de
sentarse en un rincón de tu ser y hacerte compañía.
Ella, a la que le cuentas cómo estuvo tu día cuando no hay nadie más a quien parezca importarle.
A quien le cuentas las buenas y malas noticias; ella, que es quien nos felicita cuando logramos dar un
paso, justo cuando nadie estuvo para sostener nuestra mano.
Pero somos tan ingratos que, apenas al conocer a alguien, le pedimos desalojar nuestro ser para
permitir a un desconocido instalarse en el alma.
Pero ella sabe que ese siempre será su lugar.
Y llegará cuando más la necesitemos.
Justo cuando ya no quede nadie.
Tan oportuna
¿Cómo lo logra? De un momento a otro la ves desempacando maletas y poniéndose cómoda.
¿Cómo logra llegar justo en ese instante, cuando ese silencio ensordecedor te inunda? Es casi como si
nunca se hubiese marchado.
Es casi como si fuese parte constante de nuestro ser.
A veces creo que simplemente se sienta en un rincón a observar nuestra fugaz felicidad, como si
estuviera esperando el momento preciso para hacerse notar.
Es tan oportuna su presencia que a veces llego a maldecirla.
Ella
Soledad es una sombra tenue que se pasea por la casa, arrastrando su cuerpo fantasmagórico,
susurrando palabras de desprecio por donde pasa.
Su mirada fría y vacía de propósito, no hay ni una pizca de calidez en su ser, y aun así te abraza tratando
de consolarte, ¿pero qué consuelo da un ser tan ruin?
Pero odiarla no ayuda, no existe ausencia para su ausencia, después de ella no queda nada.
Aceptarla parecería la decisión más razonable, pero esa desgraciada dama no sabe de razones.
Sus susurros pueden convertir la noche más estrellada en simplemente una noche carente de abrigo.Pero aun así sigue siendo tu única compañía.
Cautelosa
Hoy está en silencio.
No ha murmurado absolutamente nada.
Es como si simplemente hubiese desaparecido, pero no soy tonto; llevamos toda la semana peleando,
discutiendo sobre verdades incómodas y sueños absurdos.
No sé si está recuperando fuerzas.
Solo sé que, cuando regrese, tendrá algo nuevo que susurrar, algo que será capaz de evocar lágrimas de
mis cansados ojos.
Pero que se joda.
Mientras se ausenta, trato de tomar un respiro, guardar pequeños instantes, fragmentos de sonrisas
para luego usarlos como armas contra ella y así hacerle frente.
No sé cuánto pueda llegar a aguantar peleando con ella.
Le sigo exigiendo que se marche y, aun así, no lo hace; solo se esconde como una rata.
Espero con ansias el día en que la vea empacar sus maletas y marcharse.
Hasta entonces, trataré de seguir en pie ante esta maldita dama descorazonada, porque antes de estar
con ella… prefiero estar solo.
Por poco y le creo
En parte tiene razón, y eso ya es mucho decir.
Me encuentro confundido, ya no sé ni qué pensar.
Solo sé que en una parte de mi alma la odio y, en otra, la considero casi mía.
De repente, las peleas pasaron a ser conversaciones íntimas sobre sueños absurdos.
Y tiene razón: son sueños absurdos, tan absurdos que he pensado en abandonarlos.
Sus palabras empiezan a tener peso y ganar sentido; ya no son simples susurros, pero… Los sueños,
esos fragmentos de esperanza que nos dan fuerzas para caminar,
ella me dice que no, que hay que caminar por inercia, cual si de una marioneta de cables se tratase, que
así es más fácil, sin decepciones, sin fracasos.
“Si no sueñas, no hay que despertar”, dice.Por breves instantes, creo que tiene razón.
Y casi llego a comprender de dónde nace su cansada forma espectral.
Casi
Casi que llegué a amarla, pero recordé por qué la odio.
Inclemente como ella sola, no le importa abrir heridas que ya daba por cerradas, sus palabras son casi
como puñales en mi lastimada carne, pero luego de todo eso me abraza.
Unos días puede parecer casi luz, con sus palabras alentadoras, casi como quien te enseña a sostenerte
justo antes de soltarte, otros días me trata cual escoria humana, vociferando reproches con su pútrida
voz.
Algunas veces me aconseja, casi como si de una buena amiga se tratase, otros días pone el arma sobre
la mesa con una linda nota diciendo:
“No vales la pena”.
Y, aun así, a veces, me aferro a ese “casi”, porque casi que me entiende, casi que me ama, casi que me
cuida, casi, casi, casi. Pero no del todo.
Y yo casi llegué a amarla, pero casi no es suficiente.
Tres en soledad
Al llegar, me saludan dos gatos, me quito los zapatos y descargo las llaves en el primer lugar que me sea
posible, doy un vistazo rápido a la casa, casi que, esperando un saludo, entro a la cocina, reviso la nevera
y está exactamente como la dejé… nada muta.
Trato de enfocar mis pocas fuerzas en preparar algo de comer, ordenar un poco el desastre de los gatos
y, de repente, me pierdo.
No sé en qué punto me pierdo, pero, de repente, estoy ahí tan solo que se me hace insignificante el
resto, y empiezo a escuchar pequeños murmullos que solo buscan destruir mi poca calma, y lo logran.
La soledad se acerca como quien quiere brindar consuelo, y El Pasado se sienta en una silla a
recordarme todo lo que he perdido.
De repente, inundan mis ojos recuerdos viscerales que, por alguna razón no puedo controlar.
Me siento tan cansado.
Ahora ya somos tres y no me doy ni por enterado en qué momento se sumó uno más.
Sin título
“Desearía estar, así como tú, libre. Esos son los beneficios de estar solo.”
Aunque parezca chiste, existen personas que invitan a Soledad a entrar en sus vidas. Lo que no alcanzan
a entender es que ella está esperando el momento en que tu mundo se quiebre para aparecer y
burlarse de todas las veces que la invitaste a entrar. Se sentará a tu lado y te dirá lo miserable que será
tu libertad.
De las pocas libertades que te hacen preso de tu propio sinsabor, de una agonía casi hipnótica que,
aunque quieres abandonar, terminas por aferrarte a ella cada vez más.
Ya lo verás, organizando su rincón, ese que usará como centro de control para hacer de tu libertad…
La peor tortura.
Querida tú
Hoy la vi tan bella, sentada mirando por la ventana, con su cabello largo y liso, sus ojos marrones de
esos que parecen estar sonrientes todo el tiempo, su figura ligera, tan calmada como ella, jamás ha
tenido necesidad de alzar su voz, no corre ni se despeina, solo se pasea suavemente por su casa que es
mi casa.
Sus dedos son tan suaves que logran hacer erizar mi corazón, tan serena que no parece de este plano.
Y, aun así, con esa misma calma me lastima. Clava cuchillos lentamente sobre mí, como si de
mantequilla se tratase. Con su mirada sonriente y serena me saca el corazón y lo pone en mis manos, y
dice, lo ves, esto es lo que llevas dentro, nadie querrá tomarlo entre sus manos, lo aprieta hasta verlo
casi detenerse y luego con la misma serenidad lo pone en su sitio.
Tan serena que no puedo defenderme, así eres tú.
Incertidumbre
Hola, solo quería preguntarte: ¿eres igual para todos? ¿O solo conmigo eres así?
¿Por qué veo personas tan felices contigo?
¿O simplemente es que fingen?
¿Será que sus sonrisas son falsas?
¿O será que aprendieron a amarte?
¿Yo también llegaré a amarte?
Pero tú y yo ya nos conocíamos desde hace mucho.¿Será que fui feliz un poco y por eso me olvidé de ti?
¿Qué será de ti cuando ya no te sienta tan mía?
Son tantas preguntas que justo ahora inundan mi ser, que siento que me ahogo. Esta inclemente
tormenta de incertidumbre me está azotando.
Será que…
¿Será que me estoy equivocando?
Y estas preguntas me las tendría que hacer…
A mí.
La ausencia
Hoy te busqué, no porque quisiera verte, sino porque por primera vez no quería estar solo.
Esperé.
Pensé que llegarías como siempre, sin avisar, sin hacer ruido, sentándote en algún rincón como si esta
casa también fuera tuya.
Pero no llegaste.
Pasó la tarde, después la noche y seguí esperando.
Qué extraño, tantas veces deseé que desaparecieras y ahora que no estás, no sé qué hacer conmigo.
Intenté distraerme, pero…
Nada.
No estabas y por primera vez me dio miedo que hubieras cumplido lo que tantas veces te pedí.
Que te fueras.
Quizá encontraste a alguien más, quizá alguien aprendió a amarte antes que yo, o quizá simplemente te
cansaste de volver.
No sé cuánto tiempo estuve sentado esperándote, solo sé que, cuando finalmente entendí que no ibas a
venir, me descubrí haciendo algo que jamás pensé hacer:
Te extrañé.
Y entonces me pregunté: ¿qué clase de persona extraña a aquello de lo que tanto quiso escapar?
No encontré respuesta, solo encontré silencio.
Y, por primera vez,
El silencio no eras tú.
¿Dónde estás?
Hoy volví a buscarte. No sé por qué sigo haciéndolo si ya sé que no vas a responder.
Te llamé por tu nombre.
Nada.
Pregunté por ti, como si alguien pudiera decirme dónde encontrarte.
Nadie supo responder.
Todos parecen conocerte, pero nadie parece haberte visto; hablan de ti como si fueras parte de ellos,
como si caminaras por sus casas y hubieras tocado sus vidas.
Entonces, ¿por qué solo yo puedo escucharte?
Te lo pregunté.
Por primera vez,
No respondiste.
Esperé esa voz tranquila que siempre encontraba la forma de hacerme sentir culpable, pero no llegó.
Pensé en nuestras conversaciones, en cada consejo, en cada reproche, en todas las veces que me dijiste
que no esperara demasiado de nadie.
Y algo me incomodó.
No porque estuvieras equivocada, sino porque no recuerdo que alguna vez me dijeras algo que yo no
supiera ya.
Me quedé callado y tú también.
Y por un instante sentí algo que nunca había sentido contigo:
Duda.
No sobre lo que decías, sino sobre quién lo decía.
Te miré o eso creo; porque, por primera vez, no pude recordar tu rostro y eso me dio más miedo que no
encontrarte.
Quizá mañana vuelvas y todo esto parezca absurdo.
Pero, si lo haces, voy a preguntarte algo y esta vez quiero que me respondas la verdad:
¿alguna vez estuviste aquí?
Tal vez
Hoy intenté recordar cuándo llegaste.
No pude.
Y eso me molesta.
Porque recuerdo haberte odiado,
Recuerdo haberte necesitado,
Recuerdo hasta el lugar donde solías sentarte.
Pero no recuerdo haberte visto llegar.
Quizá siempre estuviste ahí.
O quizá fui yo quien siempre te buscó cada vez que no encontró a nadie más.
He pensado en preguntarle a otros por ti, pero ¿cómo podría explicarles quién eres? ¿Si ni siquiera sé
cómo explicarte a mí?
Ellos también conocen la soledad.
Pero no te conocen a ti.
Y eso debería tranquilizarme, pero no lo hace. Porque mientras más intento recordar tu rostro, más se
parece al mío.
Tal vez estoy equivocado, tal vez simplemente te extraño demasiado y por eso empiezo a inventar
dudas.
Tal vez nunca fuiste real y me aterra pensarlo, no porque no existas, sino porque, si no eres real… ¿a
quién he estado odiando durante todo este tiempo?
¿A ti?
¿O a mí?
Amada soledad
Hoy volví a buscarte, esta vez sabía dónde hacerlo; no en la habitación, ni en la noche, ni en los lugares
donde solías aparecer.
Te busqué en mí y te encontré.
No eras aquella mujer que imaginé, no eras la sombra que caminaba por mi casa, no eras esa voz que
llegaba cuando todos se iban.
Eras yo.O quizá eras esa parte de mí que nunca quise mirar.
Ahora entiendo por qué conocías mis heridas, por qué sabías de mis miedos, por qué nunca necesitaste
preguntarme nada.
Siempre habías estado aquí.
Y eso es lo que más duele.
Porque pasé tanto tiempo queriendo que te fueras sin entender que no había ningún lugar al que
pudieras ir.
Te odié, te necesité, te extrañé cuando desapareciste.
Casi llegué a amarte.
Y quizá eso fue lo más triste, no estaba amando a la soledad, me estaba acostumbrando a mí.
Ahora sé quién eres y quizá ese sea el verdadero problema: que después de tanto tiempo ya no sé
dónde terminas tú y dónde empiezo yo. Quizá nunca hubo un “tú” quizá siempre fui yo.
Y entonces entendí algo que me hubiera gustado no entender: no tenía que despedirme de ti, tenía que
aprender a vivir conmigo.
Epílogo
Este libro no nació de una sola soledad.
Nació de muchas.
De quienes perdieron a alguien.
De quienes perdieron lo que tenían.
De quienes están rodeados de personas y aún así sienten que nadie entiende lo que llevan dentro.
Y también nació de mí.
De estar solo y encontrar, en ese silencio, cosas que quizá siempre estuvieron ahí.
Quizá estas páginas no hablen de la soledad.
Quizá hablen de nosotros cuando ya no hay nadie más a quien mirar.
Cada texto nació desde un lugar distinto. Algunos desde la rabia, otros desde la costumbre, otros desde
algo parecido a la calma. No porque exista un camino para dejar de estar solo, sino porque uno puede
sentirse distinto incluso permaneciendo en el mismo lugar.
Yo sigo aquí.
No desde un punto final, ni desde una respuesta.
Solo desde un lugar un poco distinto al que tenía cuando empecé a escribir.
Este libro terminó.
La soledad no.
Y quizá nunca tuvo que hacerlo.
